7
Oct 2009 - 11:40 PM
Por: Klaus Ziegler
Sobre el aborto
Los
brahmanes estrictos piensan que cometen un crimen si matan un mosquito, a la
vez que aconsejan que las viudas sean quemadas vivas junto con los cuerpos de
sus difuntos esposos.
Muchos
cristianos, en su mayoría católicos, creen que destruir un óvulo fecundado
equivale al asesinato de una criatura indefensa, pero consideran una obligación
moral achicharrar criminales en la silla eléctrica.
Incongruencias
morales como las anteriores caben perfectamente dentro de cualquier sistema
ético cimentado en mitos y supersticiones. Para el católico, Dios infunde el
alma a cada óvulo en el momento mismo de la fecundación, y por eso el uso de la
píldora del día siguiente equivale al asesinato. Pero, ¿qué ocurre si a los
pocos días de fecundado el óvulo se separan artificialmente del blastocito unas
pocas células (todas con el potencial de formar clones del individuo original),
y se les permite que continúen su desarrollo embrionario normal? ¿Se subdivide
acaso el alma?
Aquellos
que ven en cualquier tipo de aborto un atentado contra la dignidad humana, no
encuentran ninguna inmoralidad en permitir el embarazo de una niña de diez años
violada por su padrastro, sin la madurez anatómica ni psicológica, ni los
recursos económicos para sostener y educar a su bebé.
Ni
ven problema alguno en permitir que nazcan niños afectados de defectos
genéticos horrendos, como el síndrome de Lesch-Nyhan (detectable antes del
nacimiento), una disfunción que hace que al niño le resulte imposible controlar
la compulsión por infligirse todo tipo de heridas, o arrancarse los dedos a
mordiscos, o quemarse deliberadamente el cuerpo. Ni tampoco que se traiga al
mundo un niño afectado de epidermólisis ampollosa, enfermedad hereditaria que
hace que el cuerpo se cubra de ampollas y que la piel se desprenda al menor
roce. Esos niños no pueden jugar por la debilidad incurable de su piel, y si
los bañan, empiezan a gritar al solo contacto con el agua, y sólo se pueden
alimentar con líquidos porque las llagas aparecen también en el esófago.
Por
fortuna son cada vez más los países que se han liberado de la ignorancia que
acompaña todo fanatismo religioso. En el caso de Colombia, y a pesar de los
estragos sociales causados por el catolicismo, más del 70% de la población usa
métodos anticonceptivos, y desde unos años para acá, la mujer puede recurrir al
aborto en casos de violación o malformación del feto.
Aunque hay razones para estar
optimista, estas conquistas son frágiles y se encuentran hoy bajo el acecho de
personajes de mente medieval en altos cargos en el Gobierno, empeñados en hacer
de las encíclicas papales la guía para la educación sexual.
30
Sep. 2009 - 10:06 PM
Por: Klaus Ziegler
La Clínica de la Mujer
No
se conoce un solo avance moral de la sociedad que no haya contado con la fiera
oposición de las organizaciones eclesiásticas, señaló alguna vez Bertrand
Russell.
Los
recientes ataques por parte de la Iglesia católica y de los sectores más
conservadores contra la iniciativa de crear una clínica especializada para
atender la salud mental, sexual y reproductiva de las mujeres de estratos más
bajos corroboran una vez más las palabras del gran humanista y filósofo
británico, y es una prueba de que la Santa Sede conserva aún muchas de las
prerrogativas otorgadas por el concordato de 1887 como organismo de control del
sistema educativo y de la educación sexual en Colombia.
La
oposición de la Iglesia a los derechos fundamentales de la mujer es de vieja
data. No todos conocen los oprobios a los que fueron sometidos los fundadores
de la planificación familiar en Colombia por parte de las autoridades
eclesiásticas, en especial por parte del entonces arzobispo de Medellín Alfonso
López Trujillo que, lista en mano, se propuso eliminar a todos los sospechosos
de prestar asesoría sobre métodos anticonceptivos, como se describe en un
valioso documento histórico, Cambio social, del economista antioqueño Juan B.
Londoño.
Su
más odiada víctima fue el doctor Mario Jaramillo, pionero en materia de
planificación, a quien López Trujillo trató de destruir por todos los medios
posibles. Según cuenta Londoño en su libro, al doctor Jaramillo se le obligó a
confesar bajo amenaza que en su consultorio se practicaban abortos
clandestinos, y fue a parar a la cárcel. Meses después, luego de que atentaran
contra su vida, huyó del país. Fue juzgado in absencia y hallado inocente.
Es
imperdonable que en Colombia, donde la Constitución establece una clara
separación entre la Iglesia y el Estado, aún se le permita a una organización
retrógrada e ignorante como la Iglesia católica que interfiera en políticas de
salud sexual. Y resulta aún más inaceptable que se le permita divulgar
información falsa y malintencionada sobre el condón y otros métodos
anticonceptivos, en un país que cuenta con la cifra de embarazos de menores más
elevada de toda Suramérica.
Lo que se pretende con el sabotaje a la
Clínica de la Mujer es entorpecer, como sea posible, una de las conquistas más
importantes en materia de salud sexual: la resolución de 2006 de la Corte
Constitucional que despenalizó el aborto en circunstancias excepcionales.
Esperemos que los avances logrados en pro de la dignidad de la mujer puedan
sobrevivir los embates cada vez más cínicos y desvergonzados de reaccionarios
que no son precisamente ejemplo de moralidad o respeto a la ley.
10
Ago 2011 - 11:00 PM
Por: Klaus Ziegler
Aborto, ¿delito o pecado?
La
desfachatez con que el procurador Ordoñez antepone su camándula por encima de
sus obligaciones constitucionales le ha valido más de una decena de quejas
disciplinarias ante la Corte Suprema, y duros cuestionamientos por parte del
Comité de Derechos Humanos de la ONU.
No
era de extrañar que más tarde que temprano los sectores ultraconservadores de
la sociedad, ahora encabezados por el senador José Darío Salazar, iniciaran una
nueva cruzada para prohibir la práctica del aborto en los tres casos
despenalizados por la Corte Constitucional.
Esta nueva iniciativa, elaborada en conjunto con autoridades eclesiásticas, se apoya en el principio del “inviolable derecho a la vida desde la fecundación hasta la muerte natural", un canon en flagrante contradicción con los mandatos del propio Catecismo Católico, aprobado por Juan Pablo II, y supervisado por Ratzinger, donde se hace explícito (numeral 2266) que “la enseñanza tradicional de la Iglesia ha reconocido el justo fundamento del derecho y deber de la legítima autoridad pública para aplicar penas proporcionales a la gravedad del delito, sin excluir, en casos de extrema gravedad, el recurso a la pena de muerte”.
Por otro lado, es sorprendente que esos furibundos antiabortistas no adviertan la manifiesta violación al principio (sin excepciones) que reclama la protección de la vida humana, cuando privilegian la supervivencia del bebé por encima de la vida de la madre. En 2009, en Brasil, una niña de apenas nueve años, violada por su padrastro, quedó embarazada y esperando gemelos. Ante el grave peligro que implicaba el embarazo, los médicos decidieron practicarle un aborto, legal en estas circunstancias. El arzobispo José Cardoso, quien excomulgó a la madre de la niña y a los médicos que lo realizaron, al ser cuestionado sobre el riesgo de muerte al que habría sido sometida la pequeña de no ser intervenida, replicó: "Una médica italiana mantuvo su embarazo aún sabiendo los riesgos que corría; ¡murió, pero se hizo santa!”. ¿Es esta la clase de inmoralidad que debemos respetar?
Esta nueva iniciativa, elaborada en conjunto con autoridades eclesiásticas, se apoya en el principio del “inviolable derecho a la vida desde la fecundación hasta la muerte natural", un canon en flagrante contradicción con los mandatos del propio Catecismo Católico, aprobado por Juan Pablo II, y supervisado por Ratzinger, donde se hace explícito (numeral 2266) que “la enseñanza tradicional de la Iglesia ha reconocido el justo fundamento del derecho y deber de la legítima autoridad pública para aplicar penas proporcionales a la gravedad del delito, sin excluir, en casos de extrema gravedad, el recurso a la pena de muerte”.
Por otro lado, es sorprendente que esos furibundos antiabortistas no adviertan la manifiesta violación al principio (sin excepciones) que reclama la protección de la vida humana, cuando privilegian la supervivencia del bebé por encima de la vida de la madre. En 2009, en Brasil, una niña de apenas nueve años, violada por su padrastro, quedó embarazada y esperando gemelos. Ante el grave peligro que implicaba el embarazo, los médicos decidieron practicarle un aborto, legal en estas circunstancias. El arzobispo José Cardoso, quien excomulgó a la madre de la niña y a los médicos que lo realizaron, al ser cuestionado sobre el riesgo de muerte al que habría sido sometida la pequeña de no ser intervenida, replicó: "Una médica italiana mantuvo su embarazo aún sabiendo los riesgos que corría; ¡murió, pero se hizo santa!”. ¿Es esta la clase de inmoralidad que debemos respetar?
Pensemos
en el caso de una mujer que presenta un embarazo ectópico. Según el principio
del inviolable derecho a la vida, nadie podría intervenirla, pues hacerlo
conllevaría a la muerte del embrión, algo que se supone equivale al homicidio.
¿Acaso es ético esperar a que ocurra la ruptura de la trompa de Falopio, sin
importar que se exponga a la madre a sufrir un choque hemorrágico, frecuente en
estos casos? Y si llegase a morir, ¿no se estaría violando el sagrado derecho a
su vida? Y lo que es aún peor, ¿no se violaría así mismo el socorrido derecho a
la vida del pequeño embrión?
Se arguye que el embrión, o incluso el cigoto, es ya un humano, y que por tanto la terminación voluntaria de un embarazo que apenas comienza también constituye un delito. El argumento se fundamenta en la creencia de que Dios infunde el alma en el momento de la concepción. Se olvida, sin embargo, que en un estado laico la legislación no se establece para hacer valer los dogmas propios de una fe. Para algunos musulmanes, por ejemplo, solo después de cuarenta días a partir de la fecundación, el embrión finalmente “recibe el espíritu”. Y para los budistas, cuyo máxima es evitar todo sufrimiento, el aborto se consiente cuando se trate de una madre embarazada que arriesga su vida durante el parto, o que lleva en su vientre un hijo con impedimentos graves, una postura que se apoya en una ética racional, y no en creencias sobrenaturales.
Se arguye que el embrión, o incluso el cigoto, es ya un humano, y que por tanto la terminación voluntaria de un embarazo que apenas comienza también constituye un delito. El argumento se fundamenta en la creencia de que Dios infunde el alma en el momento de la concepción. Se olvida, sin embargo, que en un estado laico la legislación no se establece para hacer valer los dogmas propios de una fe. Para algunos musulmanes, por ejemplo, solo después de cuarenta días a partir de la fecundación, el embrión finalmente “recibe el espíritu”. Y para los budistas, cuyo máxima es evitar todo sufrimiento, el aborto se consiente cuando se trate de una madre embarazada que arriesga su vida durante el parto, o que lleva en su vientre un hijo con impedimentos graves, una postura que se apoya en una ética racional, y no en creencias sobrenaturales.
Otros
alegan que el cigoto es un “humano en potencia”. Quienes así razonan parecen
ignorar que incluso una sola célula de la piel, no alberga solo uno, sino miles
de humanos en potencia, pues hoy es posible crear a partir de cualquiera de
ellas infinidad de clones del mismo organismo. Así que si aceptamos el
argumento de que destruir el cigoto es destruir “un humano en potencia”,
tendríamos que aceptar que al afeitarnos cada mañana estaríamos cometiendo un
“genocidio potencial”, pues cada vez que desprendemos un trozo microscópico de
piel enviamos por el lavamanos a millones de pequeños potenciales homúnculos a
una muerte segura.
Es
obvio que prohibir o permitir el aborto, como tantas otras decisiones morales,
depende en últimas de los principios éticos que estemos dispuestos a aceptar.
Para los testigos de Jehová, por ejemplo, las trasfusiones de sangre atentan
contra las enseñanzas bíblicas, y es preferible que un niño se desangre antes
que practicarle una transfusión. Para algunos católicos el uso de la “píldora
del día siguiente” vale por el asesinato de una criatura indefensa. Según el
consenso científico, de otro lado, no hay “alma” mientras no exista cerebro, y
en consecuencia un embrión de pocas semanas, carente aún de sistema nervioso,
sufre o goza tanto como una ameba o un eucalipto.
Para
muchos resulta abominable sacrificar un embrión, sin importar que porte
defectos genéticos horrendos como la epidermolisis ampollosa, enfermedad
hereditaria que hace que la piel se desprenda o se ampolle al más mínimo roce.
Los pequeños que nacen con este mal no pueden siquiera bañarse, pues el solo
contacto con el agua los hace gritar de dolor. Tampoco pueden alimentarse,
debido a las llagas que aparecen en su esófago. ¿Cómo se pretende defender la
“dignidad de la vida” alegando que se hace necesario aceptar el sufrimiento
indescriptible de un niño en estas condiciones, cuando en realidad podría
evitarse, una vez se compruebe que el embrión carga la terrible enfermedad?
Es indudable que el aborto plantea
problema éticos complejos, máxime si el feto se encuentra en estado avanzado de
desarrollo. Es una desgracia, sin embargo, que decisiones fundamentales para la
sociedad colombiana estén en manos de autoridades eclesiásticas convencidas de
que aún rige la Constitución de 1886, y de legisladores que tratan de
aprovechar su investidura para convertir sus propios prejuicios y creencias
religiosas en leyes universales.
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